Aunque la economía de Estados Unidos está al borde de la recesión y muchas economías europeas se desaceleran, los banqueros centrales en los países ricos temen un aumento de la inflación. Pero los riegos que enfrentan son menores que en las economías emergentes, donde la inflación ha aumentado mucho más en el último año y ha alcanzado su nivel más alto en nueve años. Hay asimismo un alarmante número de similitudes entre las economías actuales de los países en desarrollo y las de los países desarrollados en los inicios de la década de los setenta, cuando la Gran Inflación estalló.
¿Están los países en vías de desarrollo en problemas?
La tasa oficial china de inflación de precios al consumidor está en su punto más alto en doce años, con un 8,5%, comparado con 3% hace un año. La de Rusia saltó de 8% a más del 14%. La mayoría de los productores de petróleo del Golfo también tienen tasas de más del 10%. La tasa de inflación de precios mayoristas de la India (la medida preferida por el Banco de Reserva) es de 7,8%, el punto más alto en cuatro años. La inflación en Indonesia, ya en el 9%, probablemente alcance el 12%, el mes que viene, cuando se piensa que el gobierno subirá el precio de los combustibles subsidiados un 25/30%.
La inflación en América Latina está en bajos niveles si le compara con su ignominioso pasado. Aún así, la tasa de Brasil subió a 5%, de menos del 3% a comienzos del año pasado. La de Chile saltó de 2,5% a 8,3%. Lo más alarmante se ve en Venezuela, donde la tasa es del 29,3%. Oficialmente, la tasa inflacionaria en la Argentina es de 8,9%, pero pocos economistas creen en esos guarismos. Morgan Stanley estima que la verdadera cifra es de 23%, comparada con 14,3% el año pasado.
Sin lugar a dudas, las cifras oficiales no reflejan las verdaderas presiones inflacionarias en muchas economías emergentes. Uno de los motivos son los subsidios y los controles de precios generalizados y los índices de precios, que a menudo están distorsionados por la falta de datos o por trampas del gobierno.
Si se mide correctamente, cinco de las diez economías emergentes más importantes podrían tener tasas inflacionarias de 10% o más para mediados del verano boreal. El reciente salto ha sido causado principalmente por el ascenso de los precios del petróleo y los alimentos.
Los gobiernos han respondido con más controles de precios y prohibiciones a las exportaciones. A corto plazo, tales medidas pueden ayudar a contener la inflación y evitar la inquietud social, pero a la larga hacen más mal que bien. Evitar que los precios suban reduce el incentivo para que los productores agropecuarios aumenten la oferta y para que los consumidores reduzcan la demanda, prolongando los desequilibrios que provocan las alzas de los precios.
El salto sincronizado de los precios globales de alimentos sugiere que hay algo más que problemas de oferta. Los precios también están subiendo en parte porque las condiciones monetarias laxas en las economías emergentes han promovido la demanda interna. Estas economías aportaron más del 90% del aumento del consumo global de petróleo y metales desde 2002 y el 80% del alza en la demanda de granos.
Peter Morgan, de HSBC, dice que el shock inicial para los precios de los alimentos puede haber venido del lado de la oferta, pero el alza de los ingresos y el crecimiento de la oferta monetaria ayudan a validar los precios más elevados. Otro motivo por el que los bancos centrales no pueden ignorar la "agflación" [N. de la R.: el encarecimiento de los productos agropecuarios] es que puede contagiarse rápidamente a otros precios.
Los alimentos son determinantes del 30/40% del índice de precios al consumidor en la mayoría de las economías emergentes, comparado con sólo el 15% en las economías del G-7, por lo que los precios de los alimentos pesan más en las expectativas inflacionarias y, por tanto, en las demandas salariales que en el mundo rico. Una política monetaria más ajustada ayudaría a estabilizar las expectativas y evitar que los precios más elevados de las commodities se extendieran al resto de la economía.
Análisis de Goldman Sachs para el período 1990/2007 confirman que en los mercados emergentes los precios más elevados de los alimentos efectivamente hicieron subir otros precios. En la mayoría de las economías desarrolladas el vínculo entre la inflación de los alimentos y de los productos no alimenticios resultó estadísticamente insignificante. Además de la mayor oferta de alimentos, esto tiene dos causas: la credibilidad de los bancos centrales es más débil en la mayoría de las economías emergentes, de modo que las expectativas inflacionarias tienen ancla menos firme; y los salarios reales tienden a ser menos flexibles. Ambos son factores que incrementan el riesgo de espirales de precios y salarios.
Philip Poole, también de HSBC, dice que muchas economías emergentes se han quedado sin capacidad ociosa porque la inversión no se ha mantenido a la par del crecimiento económico. Por ello las firmas son más proclives a trasladar a los precios los incrementos en los costos. Tanto en Brasil como en la India la utilización de la capacidad está en niveles récord. La tasa de desempleo de Brasil está en su punto más bajo en veinte años. Los efectos secundarios de los precios de los alimentos en alza ya son visibles en la mayoría de las economías. Andrew Cates, de UBS, calcula que en Asia tanto como en América Latina la inflación subyacente (es decir, excluyendo alimentos y energía) ha subido un punto porcentual en el último año, a 3,4% y 6,2%, respectivamente. En contraste, la inflación subyacente promedio en las economías ricas apenas si se ha modificado.
Las expectativas inflacionarias están en alza y los trabajadores reclaman aumentos salariales. En un estudio de expectativas inflacionarias en la Argentina, la respuesta promedio para los próximos doce meses fue de 36%. Los salarios rusos están subiendo a tasa anual de casi el 30%.
NO REPETIR ERRORES. De un análisis de salarios, expectativas inflacionarias, presiones de la demanda, capacidad instalada y crecimiento de la base monetaria, Cates infiere que la Argentina, Brasil, la India, Rusia y los exportadores de petróleo de Medio Oriente enfrentan los mayores riesgos en los meses por delante.
Claramente, se necesita ajustar la política monetaria. Pero en realidad se la ha hecho más laxa: los tipos de interés reales por lo general están más bajos que hace un año. Las tasas de interés de corto plazo también están inusualmente bajas con relación al crecimiento nominal del PIB (un indicador tosco de a qué nivel deben ubicarse las tasas).
Hoy se cree que es menos probable que se cometan los errores de política monetaria que causaron la Gran Inflación en la década del setenta porque los bancos centrales son independientes de los políticos. Pero los gobiernos a menudo se enfrentan a intensas presiones políticas para mantener bajas las tasas, de modo de sostener el crecimiento y el nivel de empleo.
Las economías emergentes también están en peligro de repetir otro error de la década de 1970: se concentran en la inflación subyacente como motivo para mantener los tipos de interés por debajo de la tasa inflacionaria que aparece en los titulares. Pero las tasas de interés reales negativas dan aún más impulso a la demanda, mientras que las expectativas inflacionarias en alza provocan reclamos de mayores aumentos salariales. A menos que los bancos centrales ajusten su política pronto, las expectativas inflacionarias podrían descontrolarse.
Cuando los bancos centrales intervienen en el mercado de divisas para evitar que se aprecie su moneda, tienen que emitir dinero para comprar dólares, lo que aumenta la liquidez interna. Las recientes rebajas de los tipos de interés por la Fed les hacen aún más difícil a las economías emergentes ajustar su política. Si suben las tasas atraen más capitales y la intervención extra requerida para contener el alza de sus propias divisas alimenta aún más la inflación, lo que anula el efecto de la elevación de las tasas de interés. Jean-Claude Trichet, el presidente del BCE, alertó a los bancos centrales de todo el mundo sobre que no deben repetir los errores de la década de 1970. Entonces las economías emergentes tuvieron un papel mucho menor en el mundo del que tienen hoy. Los funcionarios tienen que controlar firmemente la inflación. Cuanto más se le permita trepar, tanto mayor el peligro para el crecimiento económico futuro.