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Buenas intenciones y malas medidas

JORGE CAUMONT

En recientes convocatorias institucionales o de la prensa, aprovechándolas como despedida de su cargo, el Ministro de Economía ha venido manejando conceptos tan acertados como ajenos a sus prédicas anteriores. Recordamos el esfuerzo didáctico que hacía cuando intentaba convencer a su ocasional auditorio sobre las bondades de la "protección selectiva" a la producción nacional. Ello implicaba introducir una disparidad enorme de gravámenes arancelarios y de obstáculos de otra naturaleza sobre las importaciones, para permitir que algunas sí y otras no, fueran las producciones domésticas recomendables para Uruguay. Es similar el esfuerzo que varios años después, en la actualidad, realiza para convencernos de las bondades que tiene la apertura comercial al exterior y enfatizando que ella sea la mayor posible. Los tiempos cambian; las ideas también y como indicaba Ortega y Gasset, el hombre es él y sus circunstancias. Sin embargo, las circunstancias de quienes están a su lado no parecen ser las mismas.

TIEMPO PERDIDO. El Ministro ahora está en lo correcto. Como en muchas otras áreas de la teoría y de la realidad económica, él ha cambiado su parecer de manera radical. De negar muchas cosas, ha pasado a ser un acérrimo defensor de algunas de ellas y en todo caso, aunque le falta reconocer muchos tópicos ya saldados en discusiones y por las realidades económicas, ha progresado de manera indiscutible. Ejemplos hay abundantes y no solo en materia de política comercial. También en materia de participación del sector privado en inversiones hasta hoy reservadas al Estado empresarial; en relación con la necesidad de preservar derechos de propiedad para asegurar inversiones; respecto a la conveniencia de honrar la deuda pública comercial y, sobre todo, financiera para no liquidar la confianza de inversores y el acceso al crédito, y en otras áreas por el estilo.

Por lo que ha dicho en varias de sus recientes presentaciones, en materia de política comercial ahora es ferviente partidario de la apertura económica, sinónimo -debe entenderse- de la libre competencia entre lo nacional y lo extranjero. Asimismo, ello debe interpretarse como una aspiración a tener aranceles mínimos y a desterrar otras restricciones de efectos equivalentes sobre las compras en el exterior como, por ejemplo, cupos de importación. Su empeño en lograr un acuerdo comercial con Estados Unidos es tal vez, a nivel popular lo más conocido del Ministro en materia de relaciones mercantiles con otros países. Su intención de liberar al comercio en la mayor extensión posible, lo ubica dentro del grupo de pensadores uruguayos que se afilian al libre cambio: libertad de precios, libertad cambiaria y de tasas de interés, libertad de ingreso a los mercados, etc. Definiciones fundamentales que otrora él, implícita o explícitamente, según los casos, rechazara de plano. Pero el cambio de bando ideológico del Ministro hace surgir también, la interrogante de por qué ahora y no antes. El tiempo perdido es irrecuperable como lo comprueba el intento de Marcel Proust, entre otros, en "A la búsqueda del tiempo perdido".

A las decisiones de un gobernante o a las ideas que un pensador influyente lanza sobre generaciones de alumnos, le siguen efectos desde el punto de vista del bienestar de la sociedad que pueden ser malos o buenos. Las transformaciones ideológicas que generalmente ocurren en personas que con el paso del tiempo ven sus equivocaciones del pasado, las que entonces negaran y defendieran como irrefutables, no siempre logran atraer a sus antiguos alumnos y a quienes con buena semántica antes alineara. Convencerlos en el pasado ha llevado su tiempo, muchos años. Convencerlos luego, que sobre lo que están convencidos no es lo mejor, no es fácil. En el camino quedan los que se niegan a remover el pasado.

Pero así como se debe valorar el cambio en las ideas cuando hay un vuelco hacia otras superiores, también debemos ver y ponerle valor a las pérdidas de bienestar general que se han generado en el lapso durante el cual se empleaban las ideas equivocadas. Durante muchos años se asociaba lo mejor para el país con la protección selectiva a la actividad nacional. Aquella determinada por alguien -humano y por lo tanto falible y con alto incentivo a la corruptela- y no por el mercado o sea todos, apostando simultáneamente tanto del lado de la oferta como de la demanda. La protección selectiva engaña ya que se piensa que permite mayor producción, más empleo, salarios más altos y también más recaudación. Pero la realidad se encarga luego, como es harto probado, de demostrar que los resultados son radicalmente diferentes y estimulan a una todavía mayor tendencia a la protección. La protección selectiva no es más que una forma primaria en camino hacia la planificación central. En "Camino de Servidumbre", Hayek decía lo que más tarde se comprobara: que ella en cualquiera de sus formas deriva en "ineficiencias masivas" que llevan a la crisis económica del Estado y a un clamor por más planificación económica. Y ésta es hostil a la libertad.

Desde la década de los años setenta hasta la actualidad, la realidad uruguaya ha mostrado una marcha muy lenta y con muchos obstáculos hacia una mayor apertura comercial. El progreso en la desgravación arancelaria y en la erradicación de otras medidas de efectos equivalentes no ha significado la destrucción de la industria local, ha reducido transferencias injustificadas de ingresos de consumidores a productores y ha elevado el bienestar general al permitir mayores excedentes de consumidores que pérdidas de excedentes de los productores marginales que pasaron a estar menos protegidos. El Ministro desea proseguir en ese sentido y alcanzar una apertura comercial aún mayor.

LA OTRA CARA. Y ello es bueno siempre y cuando el esfuerzo por convencer de la bondad de una mayor apertura sea confirmado por la realidad de las decisiones que se tomen en materia de política comercial. Y en este sentido es que se presentan contradicciones. Aún dentro de la misma conducción económica. Una de las formas de combatir la inflación que se ha impuesto en los últimos diez meses desde esferas oficiales es la de combatir las alzas del índice de precios a través de menores cargas impositivas o de menores obstáculos a las importaciones, tanto a través de abatimientos arancelarios como de modificación de normas no arancelarias que entorpecen el proceso de compra en el exterior de productos que inciden en el índice de precios. Bien se sabe que esas no son más que medidas con resultados transitorios si no se producen variantes en las políticas monetaria y fiscal. En estos días se vuelven a aplicar medidas de política comercial con objetivos deflacionarios en algunos precios. Y es aquí adonde surgen las diferencias entre lo que propugna el Ministro y las decisiones que se toman para frenar o atenuar la suba de precios de productos tales como manzanas, papas, cebollas, ajos, boniatos y zanahorias. La apertura externa para estos rubros, buscando evitar que sus precios suban y afecten al índice de precios implica el reparto de permisos de importación por el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca por hasta un tonelaje total límite y a numerosos agentes para "democratizar la importación" según se dice.

El seguir manipulando los permisos de importación, fijando volúmenes o tonelaje máximo a importar y repartiéndolos entre numerosos importadores, puede parecer conveniente ya que habrá más productos y por tanto sus precios serán menores durante el lapso de vigencia de la medida. Ello favorece el control del aumento del índice de precios por un lapso. Pero sin embargo, no solo no es una medida consistente con lo que declara el Ministro de Economía -al propugnar la apertura externa- sino que pierde gran poder efectivo al no permitirse la importación libre, en cantidades y precios, y por quien lo desee. No sería de extrañar que las cuotas de importación que se establecen resulten en beneficios para personas diferentes de las que se quiere favorecer o aliviar y que todavía se les responsabilice a ellos de acciones especulativas. Peor aún, que se condene a la apertura que desea y propaga el Ministro, con una decisión nada emparentada con una política comercial de libertad para importar y de mayor contacto con el exterior.

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