El inglés Christopher Hitchens es uno de los más destacados e imprevisibles intelectuales de la actualidad. Radicado en Estados Unidos desde hace años, sus cambios de posiciones, fundamentados en una sólida erudición, han sorprendido a muchos. Aunque empezó como un polemista de izquierda, apoyó públicamente la ocupación estadounidense en Irak. En los últimos tiempos, volvió a descolocar a varios con sus ataques a la fe religiosa de cualquier origen. En este libro (editado por Debate, distribuido por Sudamericana, 360 pesos) Hitchens traza un cáustico repaso por las inconsistencias de los credos y defiende un ateísmo a ultranza.
La cuestión. ¿Es la fe religiosa el último santuario de la moral y la esperanza para el ser humano?
La respuesta. Dios no es bueno
El argumento de que la fe religiosa mejora a las personas o que contribuye a civilizar la sociedad es un argumento que la gente suele esgrimir cuando ha agotado el resto de su defensa. Muy bien, parecen decir, dejemos de insistir en el Éxodo (por ejemplo), o en la virginidad de María o incluso en la resurrección, o en la "huída nocturna" desde La Meca a Jerusalén. Pero ¿dónde irían a parar las personas si no tuvieran fe? ¿Acaso no se abandonarían a todo tipo de licencias y egoísmos? ¿No es verdad, como es bien sabido que señaló en una ocasión G.K. Chesterton, que si la gente deja de creer en dios no es que no crea en nada, sino que cree en cualquier cosa?
Lo primero que debe decirse es que la conducta virtuosa de un creyente no representa en absoluto una prueba de que lo que cree sea verdadero, y que de hecho ni siquiera es un argumento en defensa de la verdad. Si aceptamos este argumento, entonces yo actuaría de forma más caritativa si creyera que el señor Buda nació de una hendidura hecha en el costado de su madre. Pero ¿acaso no haría esto depender mi impulso caritativo de algo bastante endeble? Por esa misma razón, tampoco digo que si sorprendo a un sacerdote budista robando todos los donativos depositados por el pueblo llano en su templo entonces el budismo quede desautorizado (...) De los miles de posibles religiones del desierto que hubo, así como de los millones de especies potenciales que hubo, una rama resultó echar raíces y brotar. Tras atravesar diferentes mutaciones judías hasta adquirir su forma cristiana, fue adoptada finalmente por razones políticas por el emperador Constantino y se convirtió en un credo oficial que en última instancia adquirió una forma codificada y normativa partiendo de sus muchos, caóticos y contradictorios libros. Por lo que respecta al Islam, se convirtió en la ideología de una conquista que tuvo mucho éxito y fue adoptada por dinastías gobernantes victoriosas, fue codificado y establecido a su vez y promulgado como la ley de la tierra. Al igual que podría haber sucedido con Lincoln en Antietam, habrían bastado una o dos victorias militares de signo contrario para que en Occidente no fuéramos rehenes de las disputas locales que se produjeron en Judea y en Arabia y no hubiera quedado registro alguno de los hechos. Podríamos haber acabado siendo fieles incondicionales de otra fe absolutamente distinta, tal vez de algún culto hindú, azteca o confucionista, en cuyo caso se nos seguiría diciendo no obstante que, fuera estrictamente cierto o no, contribuía de cualquier manera a enseñar a los niños la diferencia entre lo bueno y lo malo. Dicho de otra forma, creer en dios es en cierto modo manifestar cierta voluntad de creer en algo. Mientras que rechazar la creencia no significa en modo alguno en profesar la fe en nada.
En una ocasión presencié como el ya fallecido profesor A.J. Ayer, el famoso humanista y reputado autor de Lenguaje, verdad y lógica, debatía con un tal obispo Butler. El intercambio de opiniones se produjo de forma bastante cortés hasta que el obispo, al oír a Ayer afirmar que no conocía ningún tipo de evidencia a favor de la existencia de ningún dios, explotó para decir: "Entonces no entiendo por qué no lleva usted una vida de inmoralidad desatada".
En ese instante, "Freddie", que era como sus amigos le llamaban, abandonó su habitual cortesía engolada y exclamó: "Debo decir que creo que esa es una insinuación completamente monstruosa". Ahora bien, Freddie había quebrantado ciertamente la mayoría de los mandamientos relativos al código sexual tal como fue dado a conocer en el Sinaí. Era, en cierto modo, un hombre famoso en virtud de ello. Pero fue un excelente profesor, un padre adorable y un hombre que dedicó gran parte del tiempo libre de que disponía a defender los derechos humanos y la libertad de expresión. Decir que la suya era una vida inmoral sería hacer una parodia de la verdad. u
Pensador incómodo
"Ha sido acusado de ser racista, vanidoso y traidor. Dice que ya está curtido, pero le preocupa que los debates sobre su apoyo a la guerra en Irak lo haga aún más curtido" (de un perfil en la revista Prospect)